La novela que tienen en sus manos no es una obra circunstancial, de realismo fácil y estilo plano, tan al gusto de la actualidad. Su excepcional policromía es una justa reivindicación, no tanto del oficio, como del arte de escribir, en un contexto donde la displicente sobreproducción periclita la calidad de la obra. Venero de imaginación, creatividad e ingenio, La luz de la sangre habla de lo que podríamos llamar la Verdad de la muerte que acontece in ictu oculi: límite irrepresentable, que percute la angustia y catapulta toda suerte de andamiajes y añagazas imaginarias con que velar semejante abismo. De ello da cuenta el inquietante y solitario Torcuato de Medinilla, accitano judeoconverso devenido caballero del Santo Sepulcro, implicado en la ardua tarea de hacerse con el oro perteneciente a los incas del Tawantinsuyo. Las innumerables aventuras en las tierras del Inti, su relación sentimental con la joven Miquita, su regreso con el oro a una Sevilla confusa y decadente, con la peste como telón de fondo; y su insólita muerte envuelto en oro, como si de un rito de los reyes del El Dorado se tratara, ponen de manifiesto una sorprendente concepción místico-cabalística de la vida.
El conjunto —cuyo aldabón de apertura y cierre es una insólita conversación entre cadáveres desde el lugar del no-tiempo, de la muerte— constituye un magistral símbolo que resalta el patetismo y la futilidad de las ambiciones terrenas: vanitas vanitatem omnia vanitas, sino una alegoría que indaga en las implicaciones pretéritas y actuales derivadas de la confrontación con tan insondable Real, así en lo individual como en lo social; y las elucubraciones y teorías imaginarias que destila. No es casualidad que la acción transcurra en la cuna del Barroco, que también lo es de las vanitas de Valdés Leal, y de un azorado Miguel Mañara, tan piadoso como díscolo en su juventud, autor del muy significativo Discurso de la verdad, fundador del hispalense hospital de la Caridad; convulsa época que bascula entre el goce y el horror del franqueamiento de los límites y la evidencia de la vacuidad del sujeto. La luz de la sangre es una novela ambiciosa, de gran erudición, densa en su complejidad conceptual y rica en recursos expresivos e ingenio. La profusión de ideas permite ser leída desde diversos registros: tanto el histórico como el místico-religioso, filosófico y, cómo no, estilístico. Características todas ellas de un prolífico Antonio Enrique, impulsor de la llamada “literatura de la diferencia”. |
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